Por: José Azel.

Kafka y la muñeca viajera es una hermosa historia escrita por el escritor español Jordi Sierra i Fabra sobre un encuentro encantado entre el escritor Frank Kafka, y una niña con el corazón roto. Kafka está considerado como una de las figuras literarias más importantes del siglo XX, y su obra suele presentar protagonistas aislados que se enfrentan a situaciones extrañas o surrealistas, y a poderes socio-burocráticos incomprensibles. Entre sus obras más notables están La metamorfosis y El juicio, donde explora temas de alienación, ansiedad existencial, culpa y absurdo.

Según la historia, Kafka caminaba por el Parque Steglitz en Berlín y se encuentra a una niña que llora porque perdió su muñeca. Para calmarla, Kafka le dice a la niña que la muñeca probablemente estaba de viaje, pero que no se preocupara, ya que él era cartero y la muñeca seguramente le enviaría una carta. Arregló un encuentro con la chica para entregarle la carta al día siguiente.

Esa noche, con la intensidad que aplicó a todos sus escritos, Kafka escribe la carta de la muñeca para reemplazar la pérdida de la chica con una realidad diferente. Al día siguiente, en el parque, lee la carta a la niña: «Por favor, no me lloréis, me he ido de viaje para ver el mundo. Te escribiré de mis aventuras».

Durante tres semanas Kafka sigue escribiendo cartas de las aventuras de la muñeca y se las lee a la niña. La muñeca crece, va a la escuela, conoce a otras personas, pero siempre asegura su amor por la niña, mientras se queja de las obligaciones de su vida de muñeca, que le impiden por el momento volver a vivir con la niña. Al final de las tres semanas, la niña deja de extrañar a la muñeca. Kafka le proporcionó una nueva realidad, curándola de su infelicidad.

Como último regalo a la niña, Kafka le da una nueva muñeca, obviamente diferente a la muñeca original, con una carta adjunta que explica: «mis viajes me han cambiado…».

Después de muchos años, la niña, ahora adulta, encuentra una carta metida en una grieta inadvertida de la querida muñeca de reemplazo. En ella lee: «Todo lo que amas, eventualmente lo perderás, pero al final, el amor regresará de una forma diferente».

Por alguna razón, como exiliado cubano que perdió su país cuando tenía trece años, hace seis décadas, me identifico intensamente con esa historia. La pérdida del país fue ciertamente agonizante para mí, como lo fue para mis compañeros exiliados. Como muchos de mi generación de exiliados, nunca he regresado, y nunca he podido visitar la tumba de mis padres en el Cementerio de Colón, en La Habana. Durante años, los temas de Kafka sobre la alienación, la ansiedad existencial, la culpa y el absurdo fueron realidad para mí.

Aquellos de nosotros que luchamos contra el régimen de Castro en la resistencia clandestina y desde el exilio, a menudo nos sentimos como los protagonistas aislados de Kafka, que se enfrentan a predicamentos extraños, surrealistas, y a poderes socio-burocráticos incomprensibles. Pero como la niña de la historia, he aprendido a no sufrir la pérdida de mi país natal viviendo una nueva y feliz realidad. Y como la muñeca, he disfrutado de un largo viaje para conocer el mundo y escribir sobre mis aventuras.

Y sí, «mis viajes me han cambiado…» Mi nueva realidad ha curado mi infelicidad. He aprendido a apreciar los derechos individuales por la vida, la libertad y la propiedad. He buscado aprender acerca de la libertad y a disfrutarla protegido por el estado de derecho, que es su base legal. Aspiro a saborear la prosperidad que puedo obtener contribuyendo con mis talentos a una economía de libre mercado, y a construir con orgullo un futuro en libertad, y de libertad para hijos y nietos.

Para Kafka, escribir era una «manera de orar». Muchos años después, como la niña de la historia, reencontré el amor al país en una grieta de la vida antes inadvertida, esta vez de forma diferente al amor del país que perdí.

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».

Opinión y Análisis.

ANN Noticias.

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